juanlab.
← Todas las ideas
IDEA.001 / Marketing político

Una campaña no se gana con likes.

Las interacciones digitales pueden abrir una conversación. Construir respaldo político exige mirar también el territorio, la narrativa y la organización.

Un like registra una interacción con una publicación. Un voto expresa una decisión electoral. Entre ambos hay una distancia que ningún contador permite dar por resuelta. Por eso, cuando digo que una campaña no se gana con likes, no descarto las redes: cuestiono la idea de que la atención digital pueda tomarse, por sí sola, como prueba de respaldo político.

Interacción no es adhesión

Comentar, compartir y reaccionar son acciones distintas. Una persona puede compartir una propuesta para discutirla o reaccionar porque le gustó una frase, sin apoyar a quien la publica. La cifra registra la acción; interpretar su sentido exige contexto. Tampoco basta con saber cuántas cuentas interactúan para establecer quiénes pueden votar en una elección o qué decidirán.

Imaginemos una publicación con muchas reacciones y una reunión vecinal con pocas personas. Es un ejemplo hipotético, no una comparación de resultados: ninguno de esos números demuestra, por sí mismo, apoyo electoral. Antes de celebrar o descartar cualquiera de los dos, habría que preguntar qué ocurrió, quién participó y qué relación quedó después.

El territorio: escuchar con contexto

Entiendo el territorio como el espacio donde la política se encuentra con la vida cotidiana: una colonia, una comunidad, un lugar de trabajo. Estar ahí debería significar escuchar problemas concretos, reconocer diferencias y volver para dar seguimiento. La presencia pierde sentido si se reduce a una visita para producir fotografías.

Las redes también pueden abrir esa escucha. Lo relevante es conectar lo que se conversa en pantalla con preguntas y compromisos verificables fuera de ella. Ni una visita garantiza confianza ni una conversación digital carece de valor por ocurrir en internet.

La narrativa: dar sentido a la propuesta

Una narrativa política debería explicar qué problema se quiere atender, qué se propone hacer y por qué esa propuesta merece consideración. No basta con una frase memorable. Hace falta coherencia entre el mensaje, las decisiones y los límites que se reconocen.

Mi criterio es sencillo: si una publicación atrae atención, pero no ayuda a comprender el proyecto, todavía queda trabajo de comunicación. Una buena pregunta editorial sería: ¿qué puede entender una persona después de leer esto que antes no estaba claro?

La organización: sostener la relación

Organizar significa asignar responsabilidades, coordinar equipos y dar continuidad a los acuerdos. Si alguien plantea una inquietud, ¿quién la recibe?, ¿cómo se responde?, ¿quién vuelve a contactar? Esas preguntas permiten mirar el trabajo que una cifra de interacciones no describe.

Por eso propongo evaluar cada herramienta según su propósito: la difusión por su alcance, la conversación por su contenido y el seguimiento por los compromisos atendidos. Ninguna de esas dimensiones debe presentarse automáticamente como intención de voto.

La atención abre una posibilidad. El respaldo político no se presume: se construye y se pone a prueba.

Las redes tienen un lugar en la campaña. Mi apuesta es integrarlas con territorio, narrativa y organización, sin pedirle a un contador de likes que responda una pregunta que corresponde a las personas.